Asistimos
a una era de la información y, paradójicamente, estamos, en general, bastante
poco informados.
Esto
así pensado, no tiene mucho sentido, pero haciendo un poco de reflexión y
autocrítica deberíamos, más de uno, y más de dos, preguntarnos qué sabemos del
mundo.
Y creo que la respuesta no sería muy alentadora, de hecho sería un poco deprimente.
Nos
encontramos en los puestos más bajos en cuanto a formación y nivel de calidad educativa
en Europa y ni que decir tiene que si nos centramos en comunidades, es cuando
nosotros, como andaluces, nos encontramos a la cola desde el punto de vista del
resto de regiones.
Y
la pregunta sería entonces, ¿por qué? Si vivimos en la era de la comunicación,
de la información, de la rapidez y la prisa por contarnos todo. Puede que sea
precisamente eso, que tenemos tanta prisa y queremos saberlo todo que, como
dice el refrán, quien mucho abarca, poco aprieta.
Esto
podría contarse basándonos en teorías de la comunicación, citando a prestigiosos
estudiosos y entendidos comunicólogos, rescatando voluminosos manuales sobre la
teoría de la información y recurriendo a los grandes modelos informativos,
podría explicarse de una forma técnica y complicada pero todo esto puede
entenderse sin recurrir a estas complicadas argumentaciones. Y es que somos
todos conscientes de que esta avalancha de información, las redes sociales que
nos cuentan qué ocurre antes de que las cosas ocurran, los diarios digitales,
así como la inmediatez de la radio o la televisión, hacen de nosotros unos
perfectos internautas, oyentes, televidentes, twitteros y facebookeros en general.
El
problema es que todas estas capacidades comunicativas nos cansan, pasan de crearnos
atracción a crearnos desinterés lo cual, aunque como dijimos antes, pueda
resultar paradójico, es, a la vez, una consecuencia lógica de la sociedad
actual.
Puede
que otro motivo sea que no nos creemos lo que nos cuentan, que desprestigiamos
la profesión o puede, simplemente, que nos resulte complicado seguir la
actualidad cuando nuestra realidad, la de nuestro trabajo, nuestra familia y
nuestros problemas, nos asfixian tanto que no nos dejan tiempo para nada más
que para no querer, ni siquiera, saber qué pasa en el mundo.

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