Época de mucho sueño y mucho café, de nervios, de dejarlo todo para el último momento y luego arrepentirse, de estudiar la noche de antes, de madrugar, de comer poco y mal, de dormir justo lo imprescindible, en definitiva, época de exámenes.
Muchos se preguntan alguna que otra vez, entre los cuales me incluyo, ¿para qué? Es decir, es obvio que debemos estudiar, que tenemos que aprobar nuestro exámenes que tenemos, por lo menos, que cumplir con lo que se espera de nosotros, que para algo somos universitarios. Pero, ¿a partir de dónde compensan los sobreesfuerzos? ¿sirven de algo las buenas notas? ¿tiene alguna utilidad un 8 en vez de un 7?
Pueden resultar nimiedades y también puede asumirse que cuanto más nota, mejor, pero me refiero a su consecución práctica, a la recompensa que todo esfuerzo, como tal, se merece.
La realidad es que esto, a día de hoy, no es que no valga, porque claro que vale, de no ser por las carreras, los másteres, los cursos, los idiomas, la experiencia en países extranjeros y, por supuesto, el buen hacer, el manejo de programar y la experiencia, todo sería terriblemente peor.
No me quejo, opino que un profesional debe hacer gala de tal calificativo y que el saber, aunque no lo creamos, no ocupa lugar. Con lo que no estoy de acuerdo es con esa negatividad tan arraigada, marcada a fuego en los estudiantes de la universidad actual, ese afán por parte del profesorado, supongo que en todas las carreras, yo conozco especialmente en la de periodismo, por dejarnos claro que esto es el principio, el principio de un largo camino, que se acabó eso de encontrar trabajo a la primera, y mucho menos cobrando, que ahora hace falta tener un currículo largo, muy largo, y ni con esas, que ahora, las cosas no son como eran y que la competitividad está a la orden del día; "aquí, el que no corre vuela".
Me pregunto muchas veces si esta actitud no es contraproducente, dado que está bien vivir con los pies en la tierra, hacer ver a tus alumnos la cruda realidad a la que se enfrentarán cuando salgan, pero ¿dónde está la línea que separa al advertencia de la transmisión depresiva y contante de un futuro negro?
La verdad, me gustaría ser optimista y, de hecho, intento serlo cada día. Quiero pensar que después de estas largas horas de biblioteca, de la tonelada de apuntes, de los nervios ante un examen, de los cafés de más y las horas de sueño de menos, después de todo eso, hay algo. No sé muy bien qué, pero hay un futuro. Pienso eso porque a la vista está que las facultades de comunicación están llenas de estudiantes, las notas de corte para entrar no son precisamente bajas en comparación con otras carreras y las aulas están llenas. Si todo esto ocurre es porque hay cierta inquietud en la sociedad, cierto interés por adentrarse en este mundo, por descubrir qué oculta.
Sólo me queda esperar que haya sitio para todos, que las nuevas promociones de periodistas tengan un hueco, el hueco que se merecen en una sociedad que los necesita y que de vez en cuando les da la espalda pero que, al fin y al cabo, recurre a ellos para saber qué sucede, para utilizarlos como lo que son: una ventana al mundo.
Ana, tras las carreras de fondo, siempre hay ganadores.Lo importante es no desalentarse y ser feliz en el proceso, aunque sepas que es duro. No me imagino a grandes profesionales y grandes personas delante del televisor esperando que les llamen para que ocupen el puesto de sus sueños.
ResponderEliminarAsí es la vida, ahora, y siempre lo ha sido.
El éxito, personal y profesionales, debes marcartelo tu.
Mucho Ánimo.
Ana (tu tocaya)
La profe incordiosa de Empres Informativa
:-)